Educación del oído, ¿buena o mala?

Hay quien dice que el estudio del lenguaje musical ha perjudicado su capacidad de disfrutar incondicionalmente de la música a un nivel emocional.

Quizá haya algo de verdad en ello: la parte del cerebro que se ocupa del análisis empieza a generar información que antes no existía, y tu parte más racional puede distraer tu atención e impedir que te dejes llevar con el abandono con el que antes lo hacías.

Pero ésa es sólo una mitad de la historia. La otra mitad es que el desarrollo de la comprensión intelectual del lenguaje musical te abre nuevos niveles emocionales a los que antes no tenías acceso.

Es muy parecido a aprender un idioma o a comprender un determinado contexto. Aunque no sepas inglés, la canción “Money for nothing” the Dire Straits es fabulosa rítmicamente, melódicamente, tímbricamente… Si fuera un tema instrumental seguiría siendo una de las mejores producciones de la música pop del siglo XX.

Pero si además entiendes la letra ganas acceso a un nuevo nivel del juego: es irónica, ácida, rezuma humor y mala leche y te toca muy de cerca si eres músico y has tenido que enfrentarte al rechazo social que suscita dedicarse profesionalmente a la industria del ocio, particularmente en un país como el nuestro donde las palabras “músico” y “vago” nunca están demasiado lejos.

Comprender la letra de “Money for nothing” puede quizá distraerte de apreciar la música en un primer momento, pero a la larga ganarás una comprensión más completa del tema y podrás disfrutarla más intensamente.

Algo de historia personal

En el albur de los tiempos, poco después de que mi fascinación por la música me llevara a empezar a tomar clases particulares de piano, empezó a crecer en mí la necesidad de comprender mejor lo que estaba escuchando.

La música me atraía de forma innata, pero ya empezaba a intuir que ahí mismo, detrás del arcoiris, había todo un mundo de patrones, esquemas, un lenguaje que daba sentido y estructura a la monumental fachada de las obras que escuchaba e intentaba torpemente reproducir en mi instrumento.

Al consultar mis inquietudes con Horacio Icasto, mi profesor de aquella época, éste me puso en contacto con la que sería durante varios años mi profesora de Educación del Oído: Hebe Onesti, graduada en la Escuela Superior de Música y Arte Escénico de Viena.

Hebe se trajo de Viena todo un bagaje metodológico que en España no parecía encontrarse en ninguna otra parte. Aquí, la educación del lenguaje musical consistía en unos cuadernillos de solfeo que no ofrecían más que un aprendizaje basado en la repetición incesante e inconsciente, el martilleo machacón hasta que quizá algún alumno especialmente talentoso o simplemente afortunado descubriera e interiorizara por propia iniciativa algún tipo de relación o sentido a lo que estaba haciendo.

Me atrevería a calificar la Educación del Oído que proponía Hebe de estructuralista. Comprendía toda una metodología de aproximación al hecho sonoro desde varias direcciones: intervalos melódicos y armónicos, relaciones tonales, progresión melódica, progresión armónica, desarrollo rítmico… Te dotaba de fundamentos en los que basarte para identificar los elementos constitutivos de la música y de herramientas para establecer relaciones ellos.

Poco a poco iban surgiendo estructuras progresivamente más complejas. Las letras formaban sílabas, las sílabas formaban palabras, las palabras versos y los versos poemas.

Aquella materia, que en un principio resultaba árida y trabajosa, cuando empezó a regalarme sus frutos se convirtió para mí en un placer y, eventualmente, en algo parecido a una adicción.

De repente la música no era sólo pura emoción, vibrante y epidérmica. También eran columnas, arcos, ventanas, elegantemente dispuestos para construir un edificio sólido, cómodo, excitante de recorrer y descubrir…

Cuando años más tarde aprobé el examen de ingreso y empecé a estudiar Composición y Arreglos en el conservatorio de Rotterdam me encontré con que llevaba una preparación auditiva superior a la de la mayoría de mis compañeros. La asignatura de lenguaje que se daba allí era notablemente inferior a lo que había aprendido con Hebe, así que la convalidé con un examen y empecé a ofrecer clases particulares a mis colegas.

Transmitir lo que había recibido fue una experiencia muy enriquecedora, que me sirvió para afianzar mi conocimiento de la materia y para empezar a experimentar los pequeños cambios metodológicos que había descubierto durante mi aprendizaje que se adaptaban mejor a mi forma de entenderla. Es natural empezar imitando al pie de la letra a tus maestros para, progresivamente, utilizar las herramientas que te han dado para aportar tus propias contribuciones y poner tu toque personal en la materia.

El oído armónico

“El oído armónico” es un intento de codificar mi experiencia personal aprendiendo y enseñando a escuchar, con la esperanza de que pueda ser de utilidad a músicos interesados en desarrollar su capacidad de comprensión y análisis auditivos.

Se trata de un proyecto a muy largo plazo en el que trabajo cuando saco algún rato del resto de mis proyectos. Consistirá en material escrito y audible: explicaciones, conceptos, ejercicios… En sucesivas entradas iré anticipando algún extracto de los materiales que vaya desarrollando.